El Combate de la Fe

San Pablo les escribe a los creyentes de Éfeso y dedica unas hermosas líneas para referirse al combate espiritual, advirtiendo que la verdadera batalla no es contra personas concretas, sino más bien, enfatiza que la lucha es en ámbito espiritual.
En un mundo donde los seres humanos se han vuelto desconfiados y cada uno defiende sus ideas desde su trinchera ideológica.
Gastamos energía y perdemos oportunidades de verdadera evangelización cada vez que nos enfrascamos en una lucha de argumentos, que muchas veces dan lugar solo a un orgullo intelectual, debemos recordar que la verdad no necesita abogados, pues ella se defiende sola. ¿Debemos callar
entonces ante el error? Obviamente no.
La Iglesia debe enfocarse en ser luz del mundo que ilumina, primero debemos ser llenos del fuego de Dios para compartir la verdad del evangelio con convicción, pero con la bandera del amor y el testimonio de vida.
Jesucristo entregó su vida por el mundo, es decir, por aquellos que no creen o están lejos de los mandatos de Dios.
¿Cómo podemos pretender llevar mensaje de esperanza, amor y conversión si nos dejamos vencer por la tentación de rechazar a todos los que no piensan y profesan la misma fe como nosotros? ¿Cómo ser evangelizadores y embajadores de Dios si no amamos a todos aquellos que están en el mundo?
El evangelio de Juan 3,16 dice: “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo…” el mundo que muchas veces nos defrauda, el mundo que con su frialdad y superficialidad nos puede desanimar, el mundo que se deja arrastrar por sus pasiones y ambiciones haciendo tanto daño al prójimo, el
mundo lleno de egoísmo y maldad que no quiere cambiar, el mundo que abiertamente rechaza a Dios.
Si somos creyentes de verdad en espíritu y verdad entonces también estamos llamados a amar a las personas que están en ese mundo. Aunque no somos del mundo estamos en él y también muchos amigos, familiares y seres queridos. Precisamente el reto en este siglo XXI es alcanzar los corazones de todos aquellos que no conocen la misericordia y el perdón amoroso de Dios.
A quienes el Señor nos ha dado el mandato de anunciar la buena noticia, nos toca ser testimonio de fe, debemos librar el combate de la fe, pero no se trata de “eliminar a los que no creen como nosotros” sino de con las armas espirituales de la fe, oración, la Palabra de Dios y sobre todo con
nuestra coherencia de vida, inspirar a otros a decidirse por acoger la fe.

Siempre Firmes en la Fe